viernes, 25 de marzo de 2011

Nuestra grandeza es otra.

El país sufre de «delirio de grandeza». Dada nuestra pequeñez territorial, para compensar, nombramos nuestro entorno con términos que, francamente, no corresponden a la realidad. Por ejemplo, los desarrollos residenciales están llenos de «estancias» y «mansiones», que no pasan de ser casas más o menos grandes. Ahora, una primera plana nos indica: «El Censo revela una drástica reducción en la población de las principales urbes boricuas». Hombre, tanto como que haya más de una «urbe» en nuestra isla... Si bien la palabra denomina una ciudad, se entiende que se trata de una con mucha población. Por definición, una pequeña ciudad no es una urbe. Fuera de San Juan, nuestra ciudad capital - modesta, si se le compara con muchas otras - ¿hay realmente otra ciudad puertorriqueña que merezca llamarse urbe? Voy más lejos, algunas de las llamadas ciudades son realmente pueblos grandes. Ésta es la realidad, y nada malo hay en ella.

Lo malo es creernos lo que no somos.

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